miércoles, 25 de febrero de 2026

Universal/La catedral de Notre Dame

 



De modesto templo medieval a catedral impresionante y universal, Notre Dame o Nuestra Señora de París nació para hacerse notar.  Reina de las catedrales góticas, inmortalizada por Víctor Hugo, fue testigo de la quema del gran maestre de los templarios y de la coronación de Napoleón Bonaparte. Resucitó de las cenizas tras un feroz incendio en 2019 para seguir desafiando a los siglos


De París al cielo

Aristides Cajar Páez

En ese mismo lugar, donde los celtas adoraron a sus antiguas deidades de la naturaleza y los romanos, más tarde, construyeron un templo dedicado a Júpiter, habría de erigirse una de las catedrales cristianas más fascinantes de la historia.

Su origen fue menos ambicioso. En esa tierra sagrada para tantos pueblos antiguos, los cristianos del medievo temprano que se avecindaron en aquella villa, en el corazón de lo que más tarde sería la gran ciudad de París, erigieron una basílica consagrada a San Esteban. No era una estructura impresionante, era más bien un templo de estilo románico, predominante en aquella época, bastante oscuro y austero.

 

Un templo a la altura

Poco después del primer milenio de la cristiandad, la ciudad de París empezaba a crecer. En 1163, el obispo Maurice de Sully pensó que aquel viejo templo de San Esteban ya no estaba a la altura de la metrópoli que se empezaba a formar a su alrededor.

El obispo de Sully quería un lugar con más luz. El estilo románico, que estuvo vigente durante mucho tiempo, permitía la construcción de edificios robustos y solemnes, pero para garantizar su estabilidad debía sacrificar las ventanas: estas tenían que ser pequeñas y no demasiado abundantes a fin de garantizar la firmeza de los muros, que tampoco podían ser demasiado altos, en una construcción destinada a albergar a un gran número de personas.

Habían surgido por aquella época una serie de innovaciones constructivas que permitían elevar muros y torres a alturas de vértigo y al mismo tiempo ubicar ventanales enormes que permitían una profusa iluminación interior. A este estilo se le llamó más tarde “gótico” y había llegado para quedarse.

Esta nueva forma de construir se había usado por primera vez en la basílica de Saint Denis distante tan solo a una decena de kilómetros. Era el sitio donde solía sepultarse a los reyes de Francia. Es muy probable que el obispo de Sully conociera aquella iglesia y que su diseño le cautivara lo suficiente como para querer replicarlo en el templo parisino.

Eran buenos tiempos. Reinaba en Francia Luis VII. El obispo de Sully disponía de fondos suficientes para poner en marcha un proyecto de esa envergadura. Contrató a un maestro albañil cuyo nombre no ha llegado hasta nosotros, el cual se encargó de desarrollar un diseño para la construcción del  nuevo edificio.

Aquel era un momento en el cual todas las ciudades europeas querían tener la iglesia más grande. El proyecto del Obispo de Sully no iba a ser ajeno a esas ambiciones.

La nave de Notre Dame fue proyectada para elevarse a 32.8 metros del suelo y sería, al menos durante un tiempo, la más alta del mundo. Poco después la superaría la catedral de Chartres.

Mientras se iba desmantelando la vieja iglesia, los constructores se cuidaron de aprovechar sus mejores piedras para cimentar el nuevo templo.

Proyecto internacional

Pronto se empezó a correr la voz de que en París se estaba construyendo una enorme catedral.  La ciudad se volvió de pronto un lugar que requería más albañiles, artesanos, carpinteros y fabricantes de argamasa.

De este modo, empezaron a acudir obreros de países distantes como Italia, los Países Bajos e Inglaterra. Había mujeres y hombres trabajando en la obra. Las labores no discriminaban a nadie.

Los rosetones, una de las características más emblemáticas de Notre Dame, se empezaron a construir en la década de 1240, bajo la responsabilidad del primer albañil de la obra cuyo nombre se conoce: Jean de Chelles. Habría que esperar algún tiempo antes de poder ensamblar el vidrio con el que estos adquirirían su colorido esplendor.

Para el año 1250 ya podían verse completas desde muy lejos las imponentes torres gemelas de los campanarios, de 69 metros de altura. La forja de las campanas habría sido la última fase del ambicioso proyecto. Estas debieron ser forjadas en el mismo lugar, ante la imposibilidad de traerlas desde otra parte. Ello implicó varios retos técnicos. 

Debió contarse, por ejemplo, con un foso de fundación para campanas, construido cerca de la base de la fachada occidental para que fuese posible izarlas directamente hasta las torres una vez estuviesen terminadas.

El obispo Maurice de Sully no llegó a ver finalizada su magnífica obra: murió en 1196. Para 1260, el imponente edificio estuvo prácticamente listo, aunque algunas fuentes ubican este hecho más tarde, alrededor de 1345. No obstante, a lo largo de los siglos, la catedral sufrió varias modificaciones y restauraciones.

Escenario histórico

El templo fue testigo y escenario de la historia: frente a su fachada se produjo la quema del maestre y comandante de los caballeros templarios Jacques de Molay en 1324; tuvo lugar la coronación de Enrique VI de Inglaterra durante la Guerra de los Cien Años, en 1429; se celebró la coronación de Napoleón Bonaparte como emperador en 1808, entre otros eventos, aparte de su inmortalización en la novela “Nuestra Señora de París” de Víctor Hugo.

Sobrevivió a guerras y revoluciones y padeció al menos dos grandes incendios, el más reciente el de 2019 que destruyó su aguja central y gran parte del techo. Notre Dame fue reconstruida y abrió al público nuevamente en 2024, para seguir desafiando a los siglos.

 

Referencias:

Follet, K. (2019) Notre-Dame, Plaza & Janés.

 


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