De modesto templo medieval a catedral impresionante y universal, Notre Dame o Nuestra Señora de París nació para hacerse notar. Reina de las catedrales góticas, inmortalizada por Víctor Hugo, fue testigo de la quema del gran maestre de los templarios y de la coronación de Napoleón Bonaparte. Resucitó de las cenizas tras un feroz incendio en 2019 para seguir desafiando a los siglos
De París al cielo
Aristides Cajar Páez
En ese mismo
lugar, donde los celtas adoraron a sus antiguas deidades de la naturaleza y los
romanos, más tarde, construyeron un templo dedicado a Júpiter, habría de
erigirse una de las catedrales cristianas más fascinantes de la historia.
Su origen
fue menos ambicioso. En esa tierra sagrada para tantos pueblos antiguos, los
cristianos del medievo temprano que se avecindaron en aquella villa, en el
corazón de lo que más tarde sería la gran ciudad de París, erigieron una
basílica consagrada a San Esteban. No era una estructura impresionante, era más
bien un templo de estilo románico, predominante en aquella época, bastante
oscuro y austero.
Un templo a la altura
Poco después
del primer milenio de la cristiandad, la ciudad de París empezaba a crecer. En
1163, el obispo Maurice de Sully pensó que aquel viejo templo de San Esteban ya
no estaba a la altura de la metrópoli que se empezaba a formar a su alrededor.
El obispo de
Sully quería un lugar con más luz. El estilo románico, que estuvo vigente
durante mucho tiempo, permitía la construcción de edificios robustos y
solemnes, pero para garantizar su estabilidad debía sacrificar las ventanas:
estas tenían que ser pequeñas y no demasiado abundantes a fin de garantizar la
firmeza de los muros, que tampoco podían ser demasiado altos, en una
construcción destinada a albergar a un gran número de personas.
Habían surgido por aquella época una serie de innovaciones constructivas que permitían
elevar muros y torres a alturas de vértigo y al mismo tiempo ubicar ventanales enormes que permitían una profusa iluminación interior. A este estilo se le llamó más tarde “gótico” y había
llegado para quedarse.
Esta nueva
forma de construir se había usado por primera vez en la basílica de Saint Denis
distante tan solo a una decena de kilómetros. Era el sitio donde solía
sepultarse a los reyes de Francia. Es muy probable que el obispo de Sully
conociera aquella iglesia y que su diseño le cautivara lo suficiente como para
querer replicarlo en el templo parisino.
Eran buenos
tiempos. Reinaba en Francia Luis VII. El obispo de Sully disponía de fondos
suficientes para poner en marcha un proyecto de esa envergadura. Contrató a un
maestro albañil cuyo nombre no ha llegado hasta nosotros, el cual se encargó de
desarrollar un diseño para la construcción del nuevo edificio.
Aquel era un
momento en el cual todas las ciudades europeas querían tener la iglesia más
grande. El proyecto del Obispo de Sully no iba a ser ajeno a esas ambiciones.
La nave de
Notre Dame fue proyectada para elevarse a 32.8 metros del suelo y sería, al
menos durante un tiempo, la más alta del mundo. Poco después la superaría la
catedral de Chartres.
Mientras se
iba desmantelando la vieja iglesia, los constructores se cuidaron de aprovechar sus mejores
piedras para cimentar el nuevo templo.
Proyecto
internacional
Pronto se
empezó a correr la voz de que en París se estaba construyendo una enorme
catedral. La ciudad se volvió de pronto
un lugar que requería más albañiles, artesanos, carpinteros y fabricantes de
argamasa.
De este
modo, empezaron a acudir obreros de países distantes como Italia, los Países
Bajos e Inglaterra. Había mujeres y hombres trabajando en la obra. Las labores
no discriminaban a nadie.
Los
rosetones, una de las características más emblemáticas de Notre Dame, se
empezaron a construir en la década de 1240, bajo la responsabilidad del primer
albañil de la obra cuyo nombre se conoce: Jean de Chelles. Habría que esperar
algún tiempo antes de poder ensamblar el vidrio con el que estos adquirirían su
colorido esplendor.
Para el año 1250 ya podían verse completas desde muy lejos las imponentes torres gemelas de los campanarios, de 69 metros de altura. La forja de las campanas habría sido la última fase del ambicioso proyecto. Estas debieron ser forjadas en el mismo lugar, ante la imposibilidad de traerlas desde otra parte. Ello implicó varios retos técnicos.
Debió contarse, por ejemplo, con un foso de fundación para campanas, construido cerca de la base de la fachada occidental para que fuese posible izarlas directamente hasta las torres una vez estuviesen terminadas.
El obispo
Maurice de Sully no llegó a ver finalizada su magnífica obra: murió en 1196.
Para 1260, el imponente edificio estuvo prácticamente listo, aunque algunas
fuentes ubican este hecho más tarde, alrededor de 1345. No obstante, a lo largo
de los siglos, la catedral sufrió varias modificaciones y restauraciones.
Escenario
histórico
El templo
fue testigo y escenario de la historia: frente a su fachada se produjo la quema del maestre y comandante de
los caballeros templarios Jacques de Molay en 1324; tuvo lugar la coronación de Enrique VI de
Inglaterra durante la Guerra de los Cien Años, en 1429; se celebró la coronación de
Napoleón Bonaparte como emperador en 1808, entre otros eventos, aparte de su
inmortalización en la novela “Nuestra Señora de París” de Víctor Hugo.
Sobrevivió a
guerras y revoluciones y padeció al menos dos grandes incendios, el más
reciente el de 2019 que destruyó su aguja central y gran parte del techo. Notre Dame fue
reconstruida y abrió al público nuevamente en 2024, para seguir desafiando a
los siglos.
Referencias:
Follet, K.
(2019) Notre-Dame, Plaza & Janés.
No hay comentarios:
Publicar un comentario